Las hojas arremolinadas en la
esquina, las gotas golpeando en la ventana y el ruido sordo del motor de la
heladera eran la escenografía de aquel día gris, oculto detrás de la hoja de un
almanaque podía avizorarse el pequeño círculo remarcando la fecha, hoy.
Por la ventana podía observar el cielo plomizo
que aventuraba una noche de tormenta, un estallido de truenos y ráfagas violentas
que amenazaban con destruir todo a su paso, la ciudad parecía estremecerse, la
gente no suele reparar en que su prisa apresura al desastre, pero no era yo
quien iba advertírselo. Pude sentir el frío en los pies y caí en la cuenta de
que no llevaba ropa, al mirar alrededor pude observar el desorden de unas horas
de amor alquilado por un par de billetes, una mala jugada de mis emociones me había
llevado a pagar por un vacío sexual inútil, un desafío a los dogmas impuestos
por la soledad que buscaban atarme a la costumbre de saberme sin amor
correspondido.
Una rápida mirada al panorama
desolador de mi interior me hizo caer en la cuenta de que la vida no es una
sola como dicen, una sola vida no llega a ser tal sin otra como compañera, la
tristeza no es vida o por lo menos no la mía, los recuerdos no son otra cosa
que pequeñas añoranzas lastimosas de un pasado muchas veces reinventado que con
cada amanecer se vuelve más feliz que el día de hoy.
Un blues de fondo entristece el
cuadro en el que soy protagonista y mi mente viaja a rincones extraños para
rescatar imágenes de una infancia que nunca fue, un héroe mentiroso con hazañas
sin brillo, de esas que no recordamos haber realizado pero de las que somos
seguros participes. Un salto al vacío en el intento de encontrar un colchón
donde caer rendido junto a las curvas de su cuerpo recortadas en la oscuridad,
el brillo de la luna iluminando su piel, destacando la firmeza de sus formas,
su respiración entrecortada, el olor de su pelo, su sonrisa dibujada ante cada
roce de mi mano, un suspiro, un pestañeo y ya no está, ha desaparecido enmarañada
entre las sabanas dejando un hueco frío, también en la cama.
Un último sonido me saca de mi encierro,
unos pasos se acercan, la cercanía de sus ojos tapan mi visión, el corazón se
me salta y su boca me deja sin aliento, puedo sentir sus latidos junto a los míos
y entre los labios fundidos de dos personas una sola mueca se vislumbra, una única
sonrisa que desarma las estructuras del amor, así como este final desmorona las
tristes descripciones de quien es realmente feliz, pues solo puede conocerse la
oscuridad cuando se está bajo la luz.
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