El último ladrido del perro lo sacó a Richard,
como se hacía llamar, de sus sueños, miró a través de la chapa y pudo notar
algunos nubarrones, se levantó de un salto, se vistió y puso la pava para
tomarse unos mates antes de salir a trabajar o lo que para él es su
trabajo. Prendió el equipo de música y la
cumbia hizo retumbar el rancho, amanecía nublado en la villa y el mundo sigue
girando.
En la otra punta de la ciudad Emanuel se
levantaba con el desayuno preparado, la campera lista y un auto esperándolo para
ir a la escuela, su vida transcurría sin mayores dificultades, salvo cuando Fidel
Castro decidía ponerle difíciles las cosas en la PlayStation, se puso los
auriculares de su Ipod y una de esas bandas nuevas que convierten todo a cumbia
lo aisló del mundo, mientras este sigue girando.
Richard se come la ultima galletita húmeda,
se calza el fierro en la cintura y sale decidido hacia el centro, en el camino
irá pungueando billeteras en el tren para hacerse algún manguito, el mediodía
se acerca y su destino también, otro día sin saber a qué hora vuelve o mejor
dicho si vuelve.
Emanuel mira el reloj una y otra vez, el mediodía
se acerca, quiere salir del colegio, ¿a quién se le puede ocurrir que un chico
de quince años puede estar tantas horas encerrado?, observa su entorno e
imagina que a sus compañeros les pasa lo mismo, sobre todo a Matías, él siempre
parece muy ansioso por salir, dice que trabaja con su papá, aunque nadie sabe
si es cierto.
Suena el silbato del tren, última parada,
Richard se baja y camina a paso lento, doscientos pesos y cinco billeteras para
descartar completan su equipaje, se mete
al baño de la estación tira los documentos y sale rápido, lo espera un largo
día, pero primero lo primero…
El timbre lo saca de su ensimismamiento,
guarda todo y sale a paso rápido hacia el baño, apoya el bolso, saca un
sobrecito, vuelca la cocaína en el dorso de su mano y aspira velozmente, se
limpia y sale, Richard lo espera para trabajar.
Se encuentran en el centro, Richard espera
impaciente y lo recibe con una palmada en la cabeza y un gesto adusto, son casi
las dos de la tarde y el trabajo no espera…
Esa tarde Emanuel y Richard trabajaron hasta
entrada la noche, el taller iba con viento a favor y los mantenía ocupados, la única
condición que tenia Manu, como le decían ahí, era presentar el boletín, si las
notas eran malas tenía que dejar de trabajar, se lo habían prometido a sus
padres.
Mientras tanto Matías llegaba a tiempo para
reemplazar a su madre en el almacen que tenían en la parte de adelante de la
casa, otra tarde agotadora.
Al finalizar el día cada uno se sienta en la
mesa a pensar en el otro, y mientras tanto el mundo sigue girando.