martes, 23 de octubre de 2012

Tres vueltas al mundo en un giro


El último ladrido del perro lo sacó a Richard, como se hacía llamar, de sus sueños, miró a través de la chapa y pudo notar algunos nubarrones, se levantó de un salto, se vistió y puso la pava para tomarse unos mates antes de salir a trabajar o lo que para él es su trabajo.  Prendió el equipo de música y la cumbia hizo retumbar el rancho, amanecía nublado en la villa y el mundo sigue girando.
En la otra punta de la ciudad Emanuel se levantaba con el desayuno preparado, la campera lista y un auto esperándolo para ir a la escuela, su vida transcurría sin mayores dificultades, salvo cuando Fidel Castro decidía ponerle difíciles las cosas en la PlayStation, se puso los auriculares de su Ipod y una de esas bandas nuevas que convierten todo a cumbia lo aisló del mundo, mientras este sigue girando.
Richard se come la ultima galletita húmeda, se calza el fierro en la cintura y sale decidido hacia el centro, en el camino irá pungueando billeteras en el tren para hacerse algún manguito, el mediodía se acerca y su destino también, otro día sin saber a qué hora vuelve o mejor dicho si  vuelve.
Emanuel mira el reloj una y otra vez, el mediodía se acerca, quiere salir del colegio, ¿a quién se le puede ocurrir que un chico de quince años puede estar tantas horas encerrado?, observa su entorno e imagina que a sus compañeros les pasa lo mismo, sobre todo a Matías, él siempre parece muy ansioso por salir, dice que trabaja con su papá, aunque nadie sabe si es cierto.
Suena el silbato del tren, última parada, Richard se baja y camina a paso lento, doscientos pesos y cinco billeteras para descartar completan su equipaje,  se mete al baño de la estación tira los documentos y sale rápido, lo espera un largo día, pero primero lo primero…
El timbre lo saca de su ensimismamiento, guarda todo y sale a paso rápido hacia el baño, apoya el bolso, saca un sobrecito, vuelca la cocaína en el dorso de su mano y aspira velozmente, se limpia y sale, Richard lo espera para trabajar.
Se encuentran en el centro, Richard espera impaciente y lo recibe con una palmada en la cabeza y un gesto adusto, son casi las dos de la tarde y el trabajo no espera…
Esa tarde Emanuel y Richard trabajaron hasta entrada la noche, el taller iba con viento a favor y los mantenía ocupados, la única condición que tenia Manu, como le decían ahí, era presentar el boletín, si las notas eran malas tenía que dejar de trabajar, se lo habían prometido a sus padres.
Mientras tanto Matías llegaba a tiempo para reemplazar a su madre en el almacen que tenían en la parte de adelante de la casa, otra tarde agotadora.
Al finalizar el día cada uno se sienta en la mesa a pensar en el otro, y mientras tanto el mundo sigue girando.