El humo del cigarrillo dificultaba la visión, pero no fumar
era inevitable, los nervios me consumían por dentro y la espera se hacía cada
vez más larga, no estaba acostumbrado a esto.
Al verlo salir apagué el cigarrillo en el dorso de mi mano y
lo guarde en un bolsillo, no podía dejar rastros, decidí seguirlo a una
distancia de 50 metros, para poder ocultarme entre la multitud sin perderlo de
vista, no debía verme, si lo hacía…
Estudié sus movimientos día a día, debía planearlo muy bien,
no podía haber una sola fisura o el plan se echaría a perder, eso no iba a
permitirlo. Absorto en mis pensamientos lo perdí de vista, pero estaba seguro
que mi objetivo no se encontraba lejos, di la vuelta a la esquina, me adentre
en un local y al salir por la puerta de servicio pude ver su espalda esperando
para cruzar la calle, el cielo empezaba a estorbar con mis planes mandando unas
gotas aisladas, sin pensarlo dos veces se subió a un taxi. Decidí que era
suficiente por ese día y regresé al piso alquilado con vista a la plaza, apoyé
el arma sobre la mesa y acompañado por un poco de música empecé a realizar su
recorrido mentalmente en el mapa que colgaba en la pared. “Hasta que choque china con áfrica, te voy a perseguir…” la ironía quiso que Luca sea mi acompañante en
este pseudo viaje por las calles de la ciudad, todos los días el mismo camino.
A medida que se acercaba el día los nervios aumentaban de
manera tal que era imposible concentrarme en la ruta, cada día a las 13
comenzaba en un punto y a las 18 regresaba a ese mismo lugar, siempre el mismo
camino, pero la ansiedad conjuraba en mi contra haciendo que temiese perderme,
el peso del arma en la cintura también colaboraba. Debo admitir que si bien era
un trabajo fácil comenzaba a exasperarme el hecho de que nunca cambiara su
recorrido, un poco de acción no me vendría mal.
Solo faltaba un día para concretar el plan, observaba la
puerta desde mi escondite, 12:47, en unos instantes comenzaría su caminata
habitual, pero eso no ocurrió. A las 13:15 mi cerebro solo respondía a la
nicotina, las neuronas entraron en crisis y mi pulso comenzó a traicionarme,
mientras más tiempo pasaba más me enceguecía, los ojos fijos en la puerta y los
músculos de las piernas tensos, prestos para emprender el camino; los minutos
se sucedían y la puerta permanecía inmóvil, si mañana se repetía esto mi plan
estaría acabado. Perdido en conclusiones y reformas al plan, no advertí su
salida, mis ojos lo detectaron a 70 metros, pero no iba solo, nada de esto
estaba bien, no debía estar en compañía de nadie.
Regresé al departamento y de un golpe deshice el espejo, el
plan no podía fallar el día anterior, mañana será como siempre y todo estará
finalizado, pero mis intentos de convencerme no eran fructíferos, tomé el arma,
la descargue y comencé a gatillar simulando estar en guerra, aunque realmente
lo estaba, era una guerra conmigo mismo.
El día elegido, 14 de julio, me aposté en mi escondite, a
las 13:02 salió de su casa y comenzó a andar, las mismas esquinas, los mismos
lugares y en soledad, todo iba según lo planeado, si continuaba así en 3
cuadras debería acercarme a él e introducirlo en el auto que se encuentra
esperando. Al llegar al punto la calle estaba desierta, el plan corría sobre
rieles, me acerque lentamente y antes de que pudiera darse vuelta lo tome por detrás
tapándole la boca, lo introduje en el auto y allí quedamos frente a frente, me
miró unos instantes sin saber qué hacer. El peso del arma me incomodaba, metí
mi mano en el bolsillo y decidí que era el momento, extraje el paquete, se lo
entregué y con una simple mirada el plan estaba cumplido y un pacto había
nacido.
Desde el momento que lo planee sabía que lo haría, nadie
puede prohibir que mi hijo sepa la verdad sobre su origen, y menos el día de su
cumpleaños.