lunes, 17 de diciembre de 2012

Cielo raso


Agobiado por el calor, tirado en la cama boca arriba soportando el embate de los grados que se empecinan en seguir subiendo, el dolor aumenta, nadie responde a mi llamado ni acude a mi encuentro, las paredes se achican y paradójicamente la habitación se agranda, un universo de vaivenes que me impide retomar una vida normal.
El tiempo no transcurre, hace ya mucho que hice retirar todo aquello que pudiese darme una pauta de qué hora es, la vida no transcurre si no se mide el tiempo y yo necesitaba que este se detuviera, o el mundo… da lo mismo. Alguien viene hacia mí y a último momento parece arrepentirse, sus pasos se alejan por el pasillo inventado la semana pasada… ¿la semana pasada?  ¿Qué es eso? Tiempo, pero el tiempo no existe en este lugar, definitivamente el pasillo lo invente sin saber cuándo, o por lo menos eso he decidido, después de todo este mundo es mío y soy quien decide… dios… pero sin eternidad, solo sin tiempo que no es lo mismo. El tiempo y la eternidad nunca han sido amigos, aun cuando el primero se ausenta, esa ausencia de horas no significa eternidad, esta es más…. Eterna.
Divago, las letras parecen líneas, los puntos se corren solos, deseo que esto termine, pero si no se cuando empezó no puedo terminarlo, es necesario que le ponga un fin, el tiempo es necesario pero solo en este caso, a partir de ahora mi agonía tendrá un principio impuesto por mí y un final incierto, pero por lo menos se que terminará. Soy dios, mi mundo debe obedecerme, soy amo y señor de esta habitación creada en mi mente, pero nada me hace caso, el viento sopla a su antojo, un rayo trata de electrocutarme cada tanto…
Decido que de ahora en más no seré dios, solo existe uno y necesito que le ponga fin a esta locura, jugar a ser dios no es para los hombres, tal vez si para mí pero me encuentro cansado…
Mis plegarias no dan resultado, miro hacia el cielo y descubro la causa… el cielo nunca escucha cuando es de yeso.