Agobiado
por el calor, tirado en la cama boca arriba soportando el embate de los grados
que se empecinan en seguir subiendo, el dolor aumenta, nadie responde a mi
llamado ni acude a mi encuentro, las paredes se achican y paradójicamente la habitación
se agranda, un universo de vaivenes que me impide retomar una vida normal.
El tiempo
no transcurre, hace ya mucho que hice retirar todo aquello que pudiese darme
una pauta de qué hora es, la vida no transcurre si no se mide el tiempo y yo
necesitaba que este se detuviera, o el mundo… da lo mismo. Alguien viene hacia mí
y a último momento parece arrepentirse, sus pasos se alejan por el pasillo
inventado la semana pasada… ¿la semana pasada?
¿Qué es eso? Tiempo, pero el tiempo no existe en este lugar,
definitivamente el pasillo lo invente sin saber cuándo, o por lo menos eso he
decidido, después de todo este mundo es mío y soy quien decide… dios… pero sin
eternidad, solo sin tiempo que no es lo mismo. El tiempo y la eternidad nunca
han sido amigos, aun cuando el primero se ausenta, esa ausencia de horas no
significa eternidad, esta es más…. Eterna.
Divago,
las letras parecen líneas, los puntos se corren solos, deseo que esto
termine, pero si no se cuando empezó no puedo terminarlo, es necesario que le
ponga un fin, el tiempo es necesario pero solo en este caso, a partir de ahora
mi agonía tendrá un principio impuesto por mí y un final incierto, pero por lo
menos se que terminará. Soy dios, mi mundo debe obedecerme, soy amo y señor de
esta habitación creada en mi mente, pero nada me hace caso, el viento sopla a
su antojo, un rayo trata de electrocutarme cada tanto…
Decido
que de ahora en más no seré dios, solo existe uno y necesito que le ponga fin a
esta locura, jugar a ser dios no es para los hombres, tal vez si para mí pero
me encuentro cansado…
Mis
plegarias no dan resultado, miro hacia el cielo y descubro la causa… el cielo
nunca escucha cuando es de yeso.