En la oscuridad algo lo aterraba, sentía una presencia extraña, una mirada fría se le clavaba en el cuerpo al cerrar los ojos para dormir pero al abrirlos nunca encontraba nada. Así transcurrían las noches, en las que las horas de descanso se habían reducido drásticamente por esa extraña sensación de que lo observaban, en vano trato de sorprender al “intruso” prendiendo la luz de golpe, levantándose en un solo movimiento, incluso tratando de grabarlo para verlo al otro día, pero no tuvo éxito siempre conseguía escabullirse entre las sombras. Recurrió a los relajantes, infusiones varias, llegó incluso a pensar en buscar una bruja para que hiciera una limpieza, estaba convencido que algo se ocultaba cuando las luces se apagaban.
Así fueron transcurriendo los días, todo iba bien hasta el momento de apagar la luz, pero quiso el destino que un día de esos llamados normales, ella se cruzara en su camino, ese día fue perfecto y llegó a la noche sin pensar en la sombra que lo atormentaba, pero al momento de apagar la luz todo se desmoronó ante el miedo, nada había cambiado.
El tiempo pasó pero las noches no cambiaron hasta que, una de esas noches en las que se acostó convencido de no poder dormir, se dio cuenta que ella estaba a su lado, la contempló mientras dormía y lentamente se acomodó para no molestarla con su miedo injustificado. Pero nada pasó al apagar la luz, cerró sus ojos y durmió como nunca en muchos años, al despertar comprendió que no era una presencia lo que lo asustaba sino una ausencia, la soledad, que lo había envuelto hasta ese momento en que ella apareció.
A partir de esa noche y en todas las noches que siguieron a lo largo de su vida jamás se separó de ella, y nunca más sintió a la soledad esperándolo en las sombras.