Sonríe frente al espejo, se acomoda el pelo y
sale al mundo, un nuevo día ha comenzado y los primeros rayos del sol aparecen
en el horizonte, camina sabiendo que su vida no tiene rumbos definidos, solo
vive y deja vivir. Tres o cuatro trabajos en el año (nunca está a gusto más de
3 meses en el mismo lugar), dos mudanzas con sus pocas pertenencias y amigos
repartidos por todo el mundo, su destino es no tener destino o al menos eso
cree.
Los vemos caminar, vemos el barrio, la
ciudad, el país, el continente, el mundo y las primeras estrellas comienzan a
aparecer, la luna se cruza delante nuestro y seguimos observando hasta cerrar
el visor y confirmar que todo lo establecido se está cumpliendo, nunca deja de
cumplirse, salvo aquella vez.
Hace muchos años, tal vez más de los que se
puedan contar una mujer cambió su destino por una fracción de segundos, lo que
ocasionó que el mismísimo ser supremo tuviera que tomar cartas en el asunto. Ella
nunca supo lo que sucedió esa mañana en la que la joven Killari decidió no
salir al bosque y evitó su muerte, ese simple hecho había modificado la
estructura temporal y espacial del universo, las realidades se trastocaron,
todo quedó dado vueltas y desde entonces los controles se volvieron más
estrictos.
Todo este asunto debía mantenerse en secreto,
nadie debía saber que el orden preestablecido había sido modificado, pero la
historia comenzó a divulgarse y los dioses decidieron que Killari cumpla con su
destino y deje la tierra, por eso después de cada atardecer ella aparece para
dar luz a la oscuridad y es allí cuando se crea el destino y con él la idea de
cambiarlo.