Busco en mi
cabeza extraños recuerdos de momentos que tal vez nunca existieron, o por lo
menos no como los recuerdo. Quizá el ayer me invada de nostalgia por un
presente inexacto, de alguna forma mis pensamientos se trasladan hacia su
tiempo, aquel tiempo en el que también pensaba en el pasado, la esencia del
hombre es añorar los años que ya no vuelven, vivir presente y futuro en base al
pasado, el peso de la historia le dicen.
Dejo el vaso
de agua en la mesa y miro por la ventana, pienso y trato de calcular la
velocidad y la fuerza del impacto que tendría mi cuerpo si me arrojara desde el
sexto piso al vacío, algo totalmente innecesario ya que no tengo pensado
tirarme y porque nunca fui bueno para los cálculos. Pienso en ella, en su vida
y en todas las variantes que puede tener la vida de una persona en base a sus
decisiones y directa o indirectamente de las decisiones de los demás. Un tango
suena de fondo con su triste melancolía de bares y noches, de pobres infancias
carentes de lujos, tomo otro sorbo de agua y decido salir a la calle, recorrer
una plaza que me recordara algo o simplemente vagar sin rumbo evadiendo al
destino, recojo la campera y al subir el cierre observo cómo cada uno de los
dientes se va cerrando con el otro, dando la sensación de una seguridad
impenetrable, que curioso que el hombre sea el único animal que se siente más
tranquilo mientras más encerrado este… si, a ella le hubiese gustado ese
comentario.
Voy bajando
en el ascensor, los pisos pasan uno a uno, lentamente veo pasar frente a mí las
blancas paredes con el número correspondiente en negro… ¿Quién los pintaría?...
la vecina de un piso que nunca me limite a recordar me saluda mientras hurga en
su cartera buscando los preservativos, se escapa de su hija y nadie sabe de su
gusto por los jóvenes estudiantes de derecho a quienes seduce con su
inteligencia y sus contactos de ex jueza.
Recorro sin
rumbo las calles, miro los números de las casas, cruzo las esquinas, las calles
no están vacías y sin embargo no esquivo gente, nadie parece reparar en nadie o
por lo menos en mí, agitado decido volver. Subo al departamento, el vaso de
agua está tirado en el piso, la cortina de la ventana se sacude en el interior,
una hoja en la mesa llama mi atención, paso a paso me voy acercando, en el
amarillento papel puede leerse “La aceleración en caída libre es una constante
derivada de la gravedad, equivalente a 9.8 metros por segundo al cuadrado”…
minutos después las sirenas enmudecen a todos.