La hoja de acero del cuchillo resplandecía bajo la luz del
sol que se colaba por la ventana, afuera un atardecer mágico caía sobre la
ciudad. Asomándose por la puerta de la celda vio a su prisionera amarrada a la
camilla, pasó suavemente la yema de sus dedos por el filo de su cuchillo y
pensó en el acero, tan brillante, firme y letal, pero sin embargo si uno se
detenía a mirarlo podía encontrar su punto débil, lo mismo sucedía con su enemigo,
superior en valentía y fuerza, increbrantable, pero dejando su punto de quiebre
a la vista de todos. Absorto en sus pensamientos ingreso al cuarto y lentamente
fue pasando sus manos por el cuerpo de la princesa, sus sucias manos recorrieron
cada palmo de sus curvas, de pies a cabeza, pensando en la debilidad del acero,
y del hombre, el amor, la causa de toda guerra, lucha o enfrentamiento, el
hecho que cambia los acontecimientos, utilizándolo correctamente era capaz de
debilitar al más fuerte, nublar al más sabio y fortalecer al más débil,
justamente lo único que no buscaba, sabía que el capitán de la guardia real
renunciaría a su derecho al trono o intentaría algún plan alocadamente estúpido
para rescatar a su amor.
Imbéciles, no se dan cuenta que el amor nos ha llevado a la
ruina, el hombre debe aislarse de los sentimientos y sobre todo del amor, para
llegar ser como dioses, no más padres, madres, hermanos, esposa o hijos, todos
los vínculos sentimentales tendrían que ser desechados para alcanzar un grado
de superioridad comparable al de los titanes, la fortaleza de la mente y el corazón
unidos por el odio y el egoísmo, ese sería su mundo perfecto.
En su mundo, cobraría venganza de su hermano, después de
todo él era la causa de que hoy todos los señalaran con el dedo como un asesino
y enemigo del pueblo. Solamente dos personas habían merecido su amor
incondicional, su hermano y su prisionera, la princesa, en secreto la había
amado días y noches, sin saber que ella no lo amaba y que en cambio se obnubilaba
ante la presencia del heroico capitán, lo pagarían.
Al contemplarla, se detuvo en sus ojos y en la mueca de su
boca, sus rasgos angelicales, dignos de adoración por parte de los dioses, no
demostraban imperfecciones, su belleza, legendaria para otros, era admirada en
cada reino que pisaba, y sin embargo no lo creía digno de su corazón.
Embelesado y con la mirada perdida, no escuchó a los
soldados entrando a la celda, el frio metal de la espada de su hermano lo sorprendió
por la espalda, y la última imagen que vieron sus ojos fue el tierno beso de la
princesa con su esposo, el valiente capitán, el traidor… su hermano.
Sumido en la más profunda oscuridad y esperando sus últimos
instantes de vida pudo darse cuenta que su muerte había sido provocada por ese
sentimiento que quería erradicar, el amor había sido la causa de su perdición,
nunca podría admitirlo, sería rebajarse al nivel de un humano corriente, y el
aspiraba a ser mucho más que eso, pero aún así, su punto débil seguía siendo común a todos.
Hasta el más frio y calculador guerrero, la más horrorosa
bestia y la mente más despiadada, sucumben frente al latido del corazón.
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