Los recuerdos no eran del todo agradables, mezclados con pesadillas parecían acechar constantemente, pensó de qué forma podía acallar esas voces que una y otra vez le recordaban sus tiempos pasados. Pastillas, películas, planes, libros, muchas fueron las recetas intentadas y muchas más las recomendadas, pero ninguna surgía efecto, sus recuerdos seguían atacándolo día y noche, dormido o despierto, no importaba el momento, ellos estaban ahí.
Cada instante de su vida se había convertido en una huida, vivía escapando de ellos, sin conseguir perderlos, las aguas de su memoria se agitaban en su interior formando una tormentosa compilación de historias pasadas que parecían haber reflotado luego de muchos años, se sentía agobiado, a punto de estallar, no encontraba la forma de huir.
Esa misma vida que lo tenía a maltraer le puso en el camino a alguien tan sabio como la vida misma, aunque desconocido para todos, “no se huye de las tormentas, se busca un refugio para pasarlas” fueron sus palabras, pero ¿de dónde provenía esa voz? La locura es el primer paso ante tanta confusión y en ese mismo instante se declaro insano mental sin mediar examen, era su decisión, a partir de ese momento estaba loco por motu propio. La locura fue una buena excusa momentánea para justificar el torbellino y las voces, pero al cabo de poco tiempo notó que nada cambiaba, la locura no tenía razón de ser, era su invento y no aclaraba nada, así que opto por escuchar. Recordó el primer consejo y se dijo a si mismo que había buscado miles de refugios, sin conseguir capear el temporal, en ese instante escuchó “el mejor refugio está dentro de la misma tormenta, cuando ella pasa nunca regresa a ese lugar” esto le dio motivos para pensar en su infancia, no sabía porque pero lo había remitido allí, y los recuerdos de su niñez lo tranquilizaron, sus juegos, amigos, todo era armonía, tal vez los recuerdos no eran tan malos después de todo.
Día tras día buscó nuevos recuerdos felices con los cuales soportar la tormenta de recuerdos amargos, pero sucedió algo previsible y que había pasado por alto, se le acabaron los recuerdos felices y nuevamente se hundió en la tristeza. Al mirar a su alrededor, quienes lo rodeaban parecían felices, tenían todo lo necesario para serlo, se veía la felicidad en sus caras, sus casas, su ropa, sus autos, todo era alegría, la sonrisa estaba grabada en cada objeto material que los demás poseían, mientras que lo poco con lo que contaba su persona tenía un color grisáceo, apagado, y para colmo de males la voz lo había abandonado, hacía días que no lo aconsejaba y a cada momento se ahogaba más. “los recuerdos, al igual que la felicidad, dependen de uno mismo, se recuerda lo que uno decide vivir” en ese mismo instante una idea afloró en su cabeza, si una idea, una de esas que hacía mucho no tenía por culpa de los recuerdos, era responsable de ellos, era quien los generaba, sus decisiones en la vida generaban lo que estaba recordando y lo que recordaría en el futuro, si es que lo tenía. Había estado tan pendiente de los recuerdos más viejos y tristes que no había tenido tiempo de detenerse a pensar en que no estaba viviendo, y fue así como decidió empezar su vida, renacer, vivir, ser feliz.
Al ver a su alrededor vio la sonrisa grabada en cada objeto que poseía quienes lo rodeaban, pero ellos podían ver la sonrisa grabada en su alma, no importaba donde fuera, era feliz sin que nadie lo advirtiera.
Hasta que un día ocurrió lo inesperado, escuchó a su voz, la que lo había salvado, en la radio cantando con una linda melodía su último consejo “la buena felicidad dicen que no se nota”.
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